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El alfajor deja de ser un gusto y se convierte en una comida por la pérdida del poder adquisitivo.

La crisis económica volvió a modificar los hábitos de consumo de los argentinos. Lo que históricamente fue una golosina o un acompañamiento para el café, hoy gana terreno como reemplazo de una comida rápida. El alfajor se consolida como una alternativa accesible para quienes buscan saciar el hambre con el menor gasto posible.

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Mientras otros productos registran fuertes bajas en ventas, el alfajor se mantiene como el artículo más vendido en los kioscos y amplía su presencia en el mercado. Sin embargo, detrás de ese fenómeno comercial se esconde una realidad preocupante: cada vez más personas reemplazan comidas por una golosina debido a la pérdida de ingresos.

Con más de un centenar de variedades disponibles, el alfajor dejó de ser un producto asociado únicamente al consumo ocasional para convertirse, en muchos casos, en una alternativa rápida y económica para el desayuno, la merienda e incluso el almuerzo. Desde la industria reconocen que su consumo cambió de perfil y hoy cumple una función alimentaria que antes no tenía.

Pese a la retracción general del consumo, el sector estima que en Argentina se venden alrededor de 12 millones de alfajores por día. Los productos de menor precio lideran las ventas, mientras que las opciones premium pierden terreno como consecuencia del ajuste del bolsillo de los consumidores.

El fenómeno expone una contradicción de la economía actual: el crecimiento de un producto no necesariamente refleja una mejora del mercado, sino la adaptación de los hogares a un contexto donde cada vez resulta más difícil acceder a una alimentación completa. Que un alfajor pase de ser un gusto a convertirse en una comida evidencia el impacto que la crisis sigue teniendo sobre el consumo cotidiano de los argentinos.

Lo que antes era un gusto ocasional hoy funciona como una solución de emergencia para miles de trabajadores y estudiantes.

La ecuación es simple: mientras un sándwich puede superar los $8.000, un alfajor acompañado por una bebida cuesta aproximadamente la mitad. Esa diferencia explica por qué cada vez más personas optan por esta alternativa para sobrellevar la jornada laboral o de estudio cuando el presupuesto no alcanza.

Los testimonios de estudiantes universitarios reflejan una realidad que ya no es excepcional. Saltear comidas, conformarse con un alfajor, galletitas o un café y postergar una comida completa hasta regresar al hogar se convirtió en una estrategia habitual para enfrentar la pérdida del poder de compra.

Los datos respaldan esa percepción. Un informe de la Universidad Católica Argentina (UCA) reveló que el 61,1% de los trabajadores asalariados saltea comidas por razones económicas, mientras que el 78,5% consume alimentos de menor calidad nutricional. Además, el 83,5% presenta algún grado de vulnerabilidad alimentaria, un indicador que expone el alcance social del problema.

Especialistas en nutrición advierten que reemplazar comidas por productos ultraprocesados puede aliviar el hambre de forma momentánea, pero no cubre las necesidades nutricionales del organismo. El consumo frecuente de estos alimentos incrementa el riesgo de desarrollar enfermedades como obesidad, hipertensión y diabetes, especialmente en personas con factores de riesgo.

Paradójicamente, el crecimiento del mercado del alfajor no responde a una mejora del consumo, sino a la necesidad de encontrar opciones más económicas. Los kioscos impulsan promociones y combos, mientras las marcas mantienen un alto nivel de ventas en un contexto donde otros productos pierden participación.

El fenómeno deja una conclusión preocupante: cuando una golosina pasa a ocupar el lugar de una comida, el problema ya no es comercial, sino social. El auge del alfajor como «salvavidas» alimentario refleja el deterioro del salario real y las dificultades crecientes de millones de argentinos para acceder a una alimentación adecuada.

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