“Instrumentalización de la figura del papa Francisco para justificar prácticas cuestionables.”

Lo que podría haber funcionado como un gesto de convivencia y respeto pese a las discrepancias terminó degradándose en una nueva muestra de la degradación política habitual. En esta ocasión, el pretexto fue la misa en homenaje al Papa Francisco.

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Lo que podía constituir un gesto de convivencia democrática, aun en la discrepancia, derivó nuevamente en una escena de deterioro político recurrente. En esta ocasión, el disparador fue la misa en homenaje al Papa Francisco, al cumplirse un año de su fallecimiento. Organizada en la Basílica de Luján por la Conferencia Episcopal Argentina, la convocatoria incluyó a referentes centrales tanto del oficialismo como de la oposición. Sin embargo, la ausencia de confirmaciones por parte del Gabinete —con la excepción de la Vicepresidente Victoria Villarruel— evidenció un bajo nivel de compromiso institucional con el evento.

Con Javier Milei y Karina Milei en Israel, la Victoria Villarruel quedaba, al menos en términos formales, como la principal representante del Ejecutivo. Sin embargo, ante la posibilidad de que capitalizara ese rol —en una dinámica interna que sistemáticamente busca limitar su visibilidad—, se dispuso a último momento la presencia de todo el Gabinete, encabezado por Manuel Adorni. La reacción expuso una lógica de sobreactuación y control político.

En paralelo, y en un movimiento que profundiza la lectura de interna, Villarruel notificó poco antes de la ceremonia que no asistiría a la Basílica de Luján, optando por trasladar su homenaje al ámbito más personal de una iglesia en Almagro, donde fue bautizado el Papa Francisco. La decisión no solo evitó la foto compartida, sino que fue reforzada con una declaración explícita ante la prensa, al justificar su ausencia por la presencia de “lo peor de la casta política”, consolidando así la distancia política y simbólica.

Según versiones cercanas a Victoria Villarruel, la descalificación habría estado dirigida especialmente contra Manuel Adorni y Martín Menem, ubicados en la primera fila de la Basílica de Luján, en un gesto que, más que individual, funcionó como señal indirecta hacia el entorno presidencial. En ese marco, la ruptura política y personal entre Javier Milei y su vice aparece como un dato consolidado, no coyuntural.

Al mismo tiempo, desde ese espacio sostienen que Villarruel buscó marcar distancia respecto de Axel Kicillof y de intendentes peronistas del Conurbano presentes en la ceremonia en homenaje a Papa Francisco. Sin embargo, esa diferenciación exhibe inconsistencias: la vicepresidenta mantiene canales de diálogo con diversos referentes del peronismo e incluso ha sostenido encuentros con figuras cuestionadas como Gildo Insfrán y Ricardo Quintela, lo que relativiza su criterio selectivo para definir a la “casta”.

Un segundo aspecto refuerza el cuadro de fragmentación: las delegaciones del gobierno nacional y bonaerense evitaron cualquier interacción, incluso en un momento litúrgico como el gesto de la paz —símbolo de reconciliación—, amparándose en una separación física mínima. La escena sugiere que la distancia política excede ampliamente lo circunstancial. En ese contexto, resulta poco consistente que sectores de esa misma dirigencia cuestionaran en su momento la decisión de Papa Francisco de no visitar el país durante su pontificado.

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