La arrogancia humana es la antítesis al corazón de Dios:
A menudo caemos en el error de fijar nuestra mirada en las fallas ajenas sin detenernos a reconocer las nuestras. En esa ceguera cotidiana fallamos en lo humano, en lo emocional, en lo psíquico y en lo espiritual: nos alimentamos del chisme, criticamos y juzgamos sin filtro.
No me da vergüenza reconocer que en algún momento yo también estuve en ese lugar. Hubo un tiempo en el que creía que todo lo que hacían los demás estaba mal; si no me daban el lugar o el ministerio que deseaba, pensaba que a los pastores les faltaba sabiduría o discernimiento.
Sin embargo, hoy puedo ver con claridad que esa postura era fruto de la arrogancia. La Biblia nos advierte en Proverbios 16:18: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu». Cuando el orgullo nos domina, nos distanciamos de la voluntad del Señor, porque en Santiago 4:6 también se nos recuerda que «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes».
Hoy le doy gracias a Dios porque he vuelto a casa tras años de darle la espalda y querer hacer las cosas a mi manera. Actualmente me congrego en el Centro Cristiano Familiar, bajo la guía de los pastores Cecilia y Fernando Genovese, y estar aquí representa una profunda bendición para mi vida.
Si hoy estás atravesando por adicciones, luchando con la pornografía, o distanciado de tu pareja, de tu madre o de un hermano, quiero decirte que siempre hay una oportunidad para restaurar. Perdonar no siempre significa retomar una relación que no debe continuar, pero sí implica hacer enmiendas, comenzando por uno mismo.
Si estás casado y atravesando crisis, romper el matrimonio o buscar refugio en otra persona no es la salida. La solución a las dificultades de la vida no se encuentra en las decisiones apresuradas, sino en la guía divina. Como expresa el Salmo 119:105: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». En la Palabra de Dios hallamos el consejo, la paz y la restauración que nuestra alma necesita.
Te invitamos a buscar de Dios y a congregarte con nosotros. No importa cuán lejos sientas que te has ido, siempre hay un camino de regreso a su amor y a su gracia.

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Autoría: Alejandra Carolina Loguzzo y Beatriz Carrizo






















