Secuestrado durante casi cuatro años en cinco centros clandestinos, el físico sobrevivió reparando equipos que los represores robaban a sus víctimas. Su testimonio es una reflexión descarnada sobre los dilemas morales en cautiverio y la lucha por memoria y justicia.
“Soy un desaparecido, un sobreviviente, o si se quiere un desaparecido reaparecido. Este es el relato de mi paso por el infierno.” Así se presenta Mario Villani en Desaparecido. Memorias de un cautiverio, el libro que escribió junto a Fernando Reati y en el que reconstruye su secuestro y detención durante 44 meses en cinco centros clandestinos: Club Atlético, El Banco, El Olimpo, el Pozo de Quilmes y la ESMA.
Villani fue secuestrado el 17 de noviembre de 1977 y permaneció cautivo hasta agosto de 1981. Su caso es uno de los más prolongados entre los sobrevivientes del sistema represivo ilegal. Físico de profesión, fue obligado a reparar equipos de electrónica y electrodomésticos que los represores robaban en los operativos. Esa habilidad técnica fue determinante para su supervivencia.
En su testimonio ante tribunales de Argentina y Europa relató que, tras negarse inicialmente, accedió a reparar la picana eléctrica de un torturador conocido como “Colores”. Modificó el dispositivo para reducir la descarga. Durante días había escuchado los gritos de otros secuestrados sometidos a tormentos con corriente directa, con consecuencias que incluían paros cardíacos y muertes.
Villani describe la vida en los centros clandestinos como una experiencia “esencialmente dilemática”, donde las fronteras entre víctimas y victimarios eran forzadas y manipuladas. Los detenidos convivían permanentemente con sus captores, sin espacios de intimidad ni posibilidad de deliberación colectiva. “Maldito si lo haces, maldito si no lo haces”, resume sobre las decisiones cotidianas que debían tomar para sobrevivir.
Uno de los aspectos más complejos que aborda es el significado de “colaborar” en cautiverio. Señala que toda acción –incluso el simple hecho de seguir vivo– podía ser utilizada por los represores como mecanismo de control. Reconoce haber colaborado en tareas técnicas, pero diferencia esa situación de participar en interrogatorios, torturas o delaciones. El libro profundiza en esos matices y en la carga moral que implicaron.
También narra episodios personales de enorme dolor, como el secuestro de un amigo en una cita que él mismo, bajo coacción, debió facilitar. Ese tipo de experiencias expone la dimensión trágica del terrorismo de Estado y sus efectos devastadores en los vínculos y la confianza.
Sobre los torturadores, Villani sostiene que comprender su condición humana fue una herramienta para enfrentarlos sin deshumanizarse a sí mismo. Afirma que la justicia debe condenarlos, pero advierte que replicar su lógica de odio implicaría perder la diferencia ética que sostuvo durante el encierro.
Respecto de los juicios por crímenes de lesa humanidad, los considera una forma de reparación colectiva y un proceso de maduración social, aunque subraya que no se trata de un cierre definitivo. Para él, el testimonio es parte de una responsabilidad permanente: contribuir a que esos hechos no se repitan.
A casi cinco décadas del golpe de Estado, su historia integra el conjunto de relatos que sostienen el proceso de memoria, verdad y justicia, y que permiten dimensionar la complejidad humana, política y moral del sistema clandestino de represión.























