El fin de la “química” entre Lula y Trump

El presidente brasileño dio por terminado el breve acercamiento con Donald Trump tras la ofensiva militar de Estados Unidos contra Venezuela, que considera una agresión directa a la soberanía regional y al multilateralismo.

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La fugaz “química” entre Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump parece haber llegado a su fin. Durante una visita al estado de Bahía, el presidente brasileño puso punto final al breve deshielo diplomático iniciado meses atrás, cuando el mandatario estadounidense habló de una inesperada afinidad personal entre ambos durante la Asamblea General de la ONU. Aquella aproximación, que sorprendió a propios y extraños, hoy muestra claros signos de agotamiento.

En el nuevo escenario de distanciamiento con la Casa Blanca, Lula evitó adherir al Consejo de Paz para Gaza impulsado por Trump en el Foro Económico de Davos y no dio señales de estar dispuesto a hacerlo. Desde Brasilia interpretan la iniciativa como una amenaza al rol de la Organización de las Naciones Unidas, a la que consideran un dique mínimo de racionalidad frente a las ofensivas unilaterales de Washington, ya sea en Medio Oriente, Venezuela o incluso Groenlandia.

Lula cuestionó con dureza el estilo de conducción de Trump, al que acusó de pretender rediseñar el sistema internacional a su medida y de gobernar el mundo a golpe de redes sociales. En ese marco, volvió a criticar sus aspiraciones hegemónicas y su desprecio por los mecanismos multilaterales surgidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Mientras Trump desembarcaba en Europa para Davos, Lula optó por fortalecer otros vínculos estratégicos. Mantuvo una conversación telefónica con el presidente chino Xi Jinping, con quien coincidió en respaldar el multilateralismo y el creciente protagonismo del Sur Global en la configuración de un nuevo orden internacional basado en la cooperación y la paz. China, principal socio comercial de Brasil desde hace más de una década, ratificó su interés en profundizar el intercambio bilateral, que ya supera ampliamente el volumen comercial entre Brasil y Estados Unidos.

El acercamiento con Beijing se vio reforzado por el impacto negativo que tuvieron las sanciones y boicots comerciales impulsados por Trump contra el gobierno brasileño, medidas que terminaron fortaleciendo el vínculo económico entre Brasil y China. Ese giro explica, en parte, el intento previo de Trump por recomponer la relación con Lula y tomar distancia de Jair Bolsonaro, una afinidad que ahora se diluye tras las decisiones adoptadas por Washington al inicio del año.

En paralelo, Lula desplegó una intensa agenda diplomática para analizar la situación en Gaza, dialogando con líderes de India, Turquía y la Autoridad Palestina, y enviando a su canciller al Vaticano. Allí, el gobierno brasileño mantiene un canal fluido con la Secretaría de Estado, con la posibilidad de emitir una posición conjunta frente al plan estadounidense para Medio Oriente.

La continuidad del diálogo con el Vaticano también resulta clave en el abordaje de la crisis venezolana. Para Lula, la ofensiva militar contra Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro constituyeron una violación grave de la soberanía regional. Tras esos hechos, el mandatario brasileño abandonó cualquier tono conciliador con Trump y reforzó su respaldo diplomático a Venezuela, manteniendo abiertas las relaciones bilaterales y enviando ayuda humanitaria.

La situación venezolana será uno de los ejes centrales en las conversaciones que Lula mantendrá con otros presidentes latinoamericanos en una cumbre regional en Panamá. El encuentro adquiere especial relevancia en un contexto marcado por la militarización del Caribe y las pretensiones estadounidenses de retomar influencia directa sobre el Canal de Panamá, frente a lo cual Brasil ratificó su respaldo al tratado que garantiza el control panameño del paso interoceánico.

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