Estudiantes entre la épica deportiva, el poder y las contradicciones del fútbol moderno

Entre títulos, gestos políticos, disputas con la dirigencia del fútbol argentino y el debate por el ingreso de capitales privados, Estudiantes de La Plata cerró un año cargado de éxitos deportivos y fuertes tensiones institucionales.

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La reciente consagración de Estudiantes de La Plata en el torneo Clausura y en el Trofeo de Campeones reavivó una vieja caracterización que suele acompañar la historia del club: la de ser un actor incómodo dentro del orden establecido del fútbol argentino. Aquella definición del “hecho maldito del fútbol burgués”, atribuida tiempo atrás al filósofo Darío Sztajnszrajber, vuelve a aparecer como marco interpretativo para analizar el presente del Pincha.

El recorrido del equipo dirigido por Eduardo Domínguez durante el último año deportivo permite comprender esa idea. Con la obtención de ambos títulos, el club alcanzó los 19 trofeos oficiales y reforzó una identidad basada en el trabajo colectivo, la competitividad y la confrontación simbólica con las lógicas dominantes del poder futbolístico.

Uno de los episodios más resonantes de la temporada fue la postura adoptada por la dirigencia encabezada por Juan Sebastián Verón frente a Rosario Central, en el marco de la polémica por el título otorgado administrativamente por la AFA. La decisión de no realizar el tradicional pasillo fue leída como un gesto político y un desafío abierto a las estructuras de poder, con Verón argumentando públicamente que los títulos deben ganarse en la cancha y no definirse en los escritorios.

Lejos de sufrir represalias deportivas, Estudiantes logró sobreponerse a un recorrido irregular en la fase inicial, clasificó a los playoffs desde una posición secundaria y terminó coronando un año exitoso. Esa capacidad de resiliencia reforzó la noción de un club que, aun desde una posición incómoda, logra competir y triunfar.

En lo futbolístico, Domínguez sostuvo un proyecto apoyado en un plantel sin grandes nombres rutilantes, pero con una base sólida: seguridad en el arco, orden defensivo, equilibrio en el mediocampo y jugadores determinantes en ofensiva. Pese a las dudas sobre su continuidad y a declaraciones públicas donde dejó entrever tensiones internas, el equipo respondió dentro del campo de juego.

Sin embargo, el plano institucional expuso fuertes contradicciones. Mientras el club celebraba sus conquistas deportivas, crecían las incertidumbres en torno al proyecto económico impulsado por Verón, que incluía la posible llegada de capitales privados bajo el modelo de sociedades anónimas deportivas. La figura del empresario Foster Gillett, quien había prometido una inversión millonaria, quedó envuelta en una investigación judicial por presunto lavado de dinero y maniobras financieras internacionales.

La denuncia, impulsada por el fiscal federal Guillermo Marijuan, puso bajo la lupa operaciones vinculadas al último mercado de pases y reavivó el debate sobre el rol del capital privado en el fútbol argentino. La situación profundizó las tensiones internas y expuso la fragilidad de un modelo que, hasta el momento, no logró materializarse como se había anunciado.

Así, Estudiantes cerró el año como campeón, pero también como protagonista de una discusión más amplia: la disputa entre la épica deportiva, la política institucional y la creciente mercantilización del fútbol. Entre gestos de rebeldía, alianzas contradictorias y triunfos en la cancha, el club vuelve a ubicarse en ese lugar incómodo que históricamente lo definió. La pregunta permanece abierta: ¿sigue siendo Estudiantes un “hecho maldito” dentro del sistema o simplemente un reflejo más de las tensiones del fútbol contemporáneo?

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