El último viernes del 2025 hemos hablado de la violencia de género mediática, donde vimos que exponer y/o acosar a una persona a través de los medios de comunicación, las redes sociales o los mensajes privados es tan grave —o incluso más— que una agresión física, ya que deja profundas secuelas psicológicas.
Hoy quiero opinar acerca de esto.
El trauma afecta la manera en que la víctima se siente y se percibe a sí misma, y también la forma en que se relaciona con los demás. Las personas que han atravesado situaciones de abuso u otros hechos traumáticos tienen un mayor riesgo de desarrollar afecciones de salud mental como depresión, ansiedad o trastorno de estrés postraumático.
Pero lo más grave es que, muchas veces de manera inconsciente, la víctima intenta “revivir” ese momento en una búsqueda constante de respuestas: preguntándose por qué ocurrió, si fue culpable o si podría haberlo evitado. Esta dinámica interna genera un profundo desgaste emocional y refuerza el sufrimiento, por lo que resulta imprescindible que estas afecciones sean tratadas de manera adecuada.
¿Y qué sucede con los agresores sexuales?. Estos perfiles, muchas veces de rasgos narcisistas, se mantienen al acecho de sus víctimas, aprovechando su vulnerabilidad. No actúan al azar: manipulan, controlan y buscan someter psicológicamente para mantener a la víctima a su disposición.
Una de las estrategias más utilizadas es la amenaza de exposición o directamente difundir sin consentimiento de la víctima en redes sociales o medios de comunicación o mensajes fotos, videos o información íntima. Esta forma de violencia no sólo busca dominar, sino también avergonzar y silenciar.
Cuando finalmente la exposición ocurre, muchas víctimas vuelven a castigarse a sí mismas, cargando con una culpa que no les pertenece. Se responsabilizan por lo sucedido, convencidas de que “algo hicieron mal”, cuando en realidad fueron nuevamente violentadas. Esta revictimización profundiza el daño psicológico y refuerza el poder del agresor.
Por eso es fundamental comprender que la violencia mediática y digital no es menor ni superficial: destruye la autoestima, paraliza y deja marcas que no siempre se ven, pero que condicionan la vida de quienes la padecen.
Pero tan importante como denunciar es que la víctima reciba acompañamiento profesional. El daño psicológico existe, aunque no se vea, y necesita ser abordado para que la culpa, el miedo y la vergüenza no sigan ocupando el lugar que debería tener la verdad.
La violencia no se combate en silencio. Se frena cuando se nombra, se denuncia y se trata. Porque ninguna persona merece cargar con una culpa que no le pertenece, ni vivir marcada por una agresión que nunca eligió.

Autoría: Beula, Fanny Pereyra y Alejandra Carolina Loguzzo.























