LA ESCUELA DEBE EDUCAR PERSONAS QUE NO PUEDAN SER SUSTITUIDAS POR ROBOTS

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«La dimensión de la experiencia queda totalmente despachada por un saber prêt-à-porter, siempre disponible, que, de hecho, genera anorexia mental, rechazo de la búsqueda del conocimiento en el nombre de su adquisición sin esfuerzo.» Massimo Recalcati

La escuela está llena de paradojas y algunas de ellas son bastante significativas y tienen un efecto considerable en su funcionamiento y en los resultados que se obtienen.

Una de estas paradojas es que se enseña mucho más de lo que se aprende, pero, al mismo tiempo, se aprende mucho más de lo que se enseña. Y deberíamos ser capaces de encontrar el equilibrio entre lo que se enseña y lo que se aprende.

Es verdad que los docentes enseñan muchos más contenidos de los que los alumnos aprenden, pero no es menos cierto que los alumnos aprenden de los docentes ciertas capacidades, actitudes, destrezas y saberes que el docente no enseña de manera voluntaria y consciente.

No me canso de repetir a todo aquel que quiera escucharme que en la escuela se cumple aquello de que «menos es más»; que es mejor enseñar menos cosas pero de manera profunda y comprensiva, que muchas cosas de manera superficial y memorística. Se trabaja con currículos escolares absolutamente sobredimensionados que incitan a pasar por encima de las cosas que hay que aprender de manera rápida y ligera, generando esa anorexia mental de la que habla Recalcati.

Y en los tiempos que corren no podemos permitirnos seguir enseñando y aprendiendo de esa forma.

Según un reciente informe de la Fundación Cotec, el 60% de los empleos tiene al menos un 30% de actividades que se pueden automatizar, y por tanto son susceptible de ser hechas por robots. La educación, concluye este informe, es uno de los sectores que menos potencial tiene de ser automatizado.

Por eso creo en la necesidad de potenciar al máximo el aprendizaje de aquellos contenidos, procesos cognitivos y no cognitivos que presentan mayor resistencia a ser automatizados. Y enseñarlos de forma activa, inductiva, creativa, colaborativa y con espíritu crítico.

Así la escuela educará a personas que no puedan ser sustituidas por robots.

Y al mismo tiempo me parece útil traer una frase de un gran filósofo griego llamado Seneca que decía:

«Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos.»

Dicen que la escuela como garante de transmisión de conocimientos ha fracasado, que no es capaz de cumplir satisfactoriamente esta función. Por este motivo, hace tiempo que le pedimos que enseñe competencias y no datos, que forme alumnos capaces de hacer cosas y no alumnos que solo sean capaces de recordarlas y recitarlas de memoria.

En nuestros días, el alumno inteligente no es el que contiene en su memoria miles de datos (muy útiles para ganar en concursos de televisión) sino el que es capaz de tomar decisiones nuevas para nuevas situaciones, porque los objetivos a alcanzar son siempre cambiantes.

Es inaceptable, pues, que todavía haya docentes que eduquen a sus alumnos pidiéndole un acto de fe. Les aseguran que lo que aprenden en la escuela les servirá para la vida… pero lo hacen con actividades y explicaciones «absurdas», con teorías científicas que no tienen ninguna utilidad práctica para lo cotidiano. Y lo peor de todo es eso queda justificado y amparado por los currículos educativos vigentes.

Por todo ello reivindico que lo inútil debe estar presente en la escuela. Cuando hablo de lo inútil me refiero a la música, a las artes plásticas, a la literatura, a la ética, a la filosofía, a la ciudadanía…, es decir, a todo aquello que nos hace críticos y enriquece nuestro espíritu; a todo aquello que va más allá de lo mercantil y lo económico. Lo inútil dignifica nuestra profesión más allá de los sistemas escolares y las leyes educativas.

En este contexto, ¿qué puede hacer un docente en su aula, en su escuela?

Puede, y debe, hacer mucho (nunca lo pongan en duda): puede estar abierto a la innovación constante, puede emocionar a sus alumnos, sorprenderles, puede plantearles retos constantes, mantenerlos siempre despiertos, siempre motivados, participativos.

Lo inútil es lo que hace a la educación un arma capaz de transformar a las personas y a la sociedad.

Así no hay dudas que la escuela educará a personas que no puedan ser sustituidas por robots.

 

 

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